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Las olvidadas: hablemos de la violencia que viven las mujeres en situación de calle

Las olvidadas: hablemos de la violencia que viven las mujeres en situación de calle

Fue gracias al trabajo de diversas organizaciones feministas en nuestra sociedad que hoy es fácilmente reconocible el hecho de que la violencia patriarcal corresponde a una opresión de carácter estructural, basada en las diferencias de género, que violenta de diversas maneras a todas las mujeres del colectivo social. Hoy, en nuestro tiempo, ya no es éticamente posible permanecer indiferentes a ella.

En este contexto planteamos la necesidad de visibilizar la relación entre la categoría de “violencia”, en el sentido estructural y sus diversas manifestaciones, con la interseccionalidad de opresiones que sufren algunas mujeres por su condición de pertenencia étnica o su clase social.  Nos referimos a las mujeres en situación de calle, en tanto ellas encarnan a un grupo radicalmente excluido y discriminado socialmente, principalmente por su estado de pobreza y el no tener resuelta su situación de habilidad; también al hecho de ser mujer cis o trans y vivir en la calle, que configura un contexto diferente al de la situación de calle en perspectiva masculina.

Vivir en la calle representa una permanente exposición a la violencia física, psicológica, sexual e institucional, además de la discriminación y el no acceso a derechos considerados como básicos, puesto que en la calle se configuran nuevas relaciones de poder diferenciadas de los espacios privados o públicos que no presentan este problema de habitabilidad.

Mientras que algunas personas expertas en la temática de situación de calle señalan que en ella no hay códigos o reglas específicas en los modos de relacionarse, hay quienes señalan que la vida en calle configura y desarrolla numerosas estrategias que podrían formar parte de una cultura con códigos diferentes a los que operan en el resto de la sociedad. En uno u otro caso, las relaciones de poder existen y están determinadas por la “ley del más fuerte”, donde el gran daño que padecen las mujeres se relaciona con las violencias antes enunciadas, de manera radical.

De este modo, lo que queremos poner de manifiesto e invitar a reflexionar es que esta violencia que sufren las mujeres en situación de calle no se inicia en la calle, sino que mucho antes de vivir en ella.

Más allá de la idea de que la violencia machista y patriarcal corresponde a un continuo en la vida de las mujeres, en tanto comienza a manifestarse en la infancia y está presente en todo el tejido social, nos referimos a la idea de lo que se ha denominado  “situación de calle oculta”. Esto significa que, antes de vivir en la calle,  las mujeres han estado inmersas en un contexto de violencia, podríamos decir doméstica, y la mejor opción para ellas es salir del lugar donde viven, buscando refugio en los hogares de familiares, amigos o conocidos. Así comienzan a experimentar episodios breves o prolongados de “sinhogarismo”, sin tener un lugar estable para vivir.

Esta estrategia de entrada y salida de hogares temporales aparece como una mejor opción que vivir en “calle dura” -es decir, en intemperie y espacios públicos-, por los peligros que representa. Esta estrategia les evita además acudir a servicios sociales o de atención a personas en situación de calle, por los procesos de etiquetaje y estigmatización que ello supone, y el riesgo de tener que enfrentar una posible separación con sus hijos en caso de tenerlos, o inclusive, perder su custodia. De allí nace la denominación “situación de calle oculta” que refiere a una condición, podríamos decir intermedia, entre convivir con el agresor y la violencia que esto implica; y vivir en situación de calle donde se desencadenan otras violencias. Un umbral violento entre violencias.

Esta situación de violencia previa a la calle, que puede darse en las primeras instituciones o en la esfera privada de lo doméstico, no siempre conlleva a la situación de calle, aunque sí es una recurrencia en los relatos de las mujeres que viven en ella. Más bien, vivir en la calle es un hecho que ocurre cuando confluyen diversos factores: no contar con recursos psicoafectivos que permitan identificar los episodios de violencia a tiempo, no contar con redes de contención ni apoyo, no contar con recursos económicos suficientes o que permitan una autonomía para costear un mejor lugar donde vivir, o tener que responsabilizarse además de los cuidados de otres.

No es sólo un tipo de violencia el que conduce a las mujeres a la situación de calle oculta, es el entramado de ellas, su historia, una trayectoria de violencias que muchas veces estalla en el espacio privado al manifestarse la violencia doméstica, en tanto violencia estructural, que contiene a otras violencias y que en muchos casos no es fácil de identificar para las víctimas.

Para abordar la situación de las mujeres que viven en la calle no basta entonces con mirar la violencia estructural como un continuo a lo largo de su trayectoria vital. Análogamente a cómo el capitalismo requirió de una acumulación originaria que privatizó los medios de producción, como una preparación para acumular capital y manejar la fuerza de trabajo; planteamos que la acumulación primaria de estas múltiples violencias de la cual son víctimas las mujeres que posteriormente viven en la calle, constituye un dispositivo que opera de modo microcapilar, al moldear sus subjetividades, disminuyendo sus opciones y debilitando su rango de acción para poder sobreponerse a ella, configurando, por consecuencia, la idea que señala que en ese entramado violento la calle es el mejor escenario para sobrevivir, sin tener a la vista las violencias que sobrevendrán posteriormente.

Además de ver la violencia como un continuo y la trayectoria vital con episodios de violencia, consideramos que la “acumulación originaria de violencias” en sus cuerpos y subjetividades, es un factor originante, digamos una causa, de la situación de calle en el caso de las mujeres. Esto es relevante porque pone de manifiesto el gran desafío: intervenir desde la reparación con aquellas mujeres que ya se encuentran en situación de calle dura, institucionalizada u oculta. También es necesario abordar la perspectiva preventiva socialmente, como un modo de desarticular el entramado de violencias como condición estructural, que propicia la situación de calle.

Normativamente las mujeres en situación de calle oculta en Chile, no encajan aún ni en lo que desde el gobierno se ha propuesto como tipificación de la situación de calle ni en la normativa que ampara a grupos especialmente vulnerables (como lo son niños, niñas y adolescentes, adultos mayores y personas con problemas de salud mental) que según la ley 21.013, sanciona maltrato físico o psíquico. Si bien existe un abordaje normativo de la violencia tipificada como “intrafamiliar”, referida a todo maltrato que afecta la vida, integridad física o psíquica de la víctima, ocurre que si la mujer sale de su casa o no formaliza la denuncia, no tiene amparo jurídico para abordar su situación.

Considerar la ‘acumulación de violencias’ pone el foco en una mirada preventiva, donde esta categoría  y la situación de calle oculta, constituyen elementos que, si bien no tienen estatus jurídico, apoya la comprensión de la problemática y orienta líneas para una intervención social oportuna de la misma. La violencia que viven las mujeres en situación de calle -y la que la antecede- no pueden seguir siendo invisibilizadas.

*Foto: Felipe Báez / Diseño: Carla Ñanculef
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Escrito por

Área de de Estudios / Fundación Gente de la Calle

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