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El desamparo: Nabila Rifo, sus hijos y el abandono del Estado

El desamparo: Nabila Rifo, sus hijos y el abandono del Estado

Se muere para siempre, pero no sólo se muere una vez.

La muerte biológica sólo es la consecuencia del cese de las funciones vitales, pero antes de ese momento se puede producir una “muerte social” y repetirse en diferentes ocasiones.

Nabila Rifo perdió parte de su vida cuando en 2016 fue agredida brutalmente por su primera pareja, Mauricio Ortega, que no conforme con los múltiples golpes dados y el daño ocasionado, le arrancó los ojos como culminación de una agresión dirigida a producirle la muerte.

Nabila sobrevivió, pero perdió la vida que tenía en ese momento y tuvo que saltar a otra vida con todo el trauma vivido, ciega y con cuatro hijos.

Con el tiempo Nabila conoció a Miguel Ángel Rubio, un hombre que al comienzo de la relación debió considerarlo como una persona que le devolvió la esperanza y algo de confianza, dadas sus circunstancias. Pero este hombre también la mató socialmente, de nuevo con más violencia. En el ataque más brutal, amenazó con asesinarla. Cada golpe impactó el recuerdo de su memoria. Volvía así a resucitar lo que había ocurrido con Ortega.

De manera que cada golpe de su segunda pareja eran dos golpes, el de ahora y el de antes; cada insulto dos insultos, el de ahora y el de antes; cada amenaza dos amenazas, la de ahora y la de antes.

¿Cuántas veces se muere en la reproducción de la violencia?

Y luego, tras sobrevivir a esa segunda muerte social, aún bajo intimidación, vuelve a morir cuando dos de sus hijos, hoy de 17 y 20 años, la defendieron en unas circunstancias similares a las que antecedieron al intento de asesinato de Ortega y, esta vez, acabaron con la vida del agresor. Pocos hablan de las denuncias que puso en contra de Ignacio Bañares.

Lo sorprendente de esta historia no es la capacidad de Nabila para sobrevivir a la violencia, sino la reincidencia de una sociedad que no la protegió ni intentó que ella y sus hijos se recuperaran de la violencia que habían vivido. 

La misma sociedad que no duda en darle un significado a la conducta según le afecte a ella o a sus agresores. En 2016, con una violencia que reflejaba la intención del agresor de asesinarla, la Corte Suprema fue capaz de concluir que el intenso nivel de violencia utilizado, incluyendo la enucleación de los dos ojos, estaba bajo control y no tenía intención de matarla. Ahora, en 2024, una parte de la sociedad entiende que la intención de sus hijos era matar a su segunda pareja con los golpes que le dieron, sin analizar posibles concausas.

Sus dos hijos no han tenido vida, sólo supervivencia. Vivieron, a los 12 y 9 años, en un hogar caracterizado por la violencia, acompañaron a la madre tras la brutal agresión, con todas las secuelas físicas, psicológicas y sociales. Luego la ayudaron en su recuperación y siguieron a su lado cuando conoció a otro hombre que trajo consigo más violencia.

Vuelve el pasado.

Eso no es vivir, sino revivir. En esa situación no vivían el tiempo presente que marcaba el calendario, sino todo lo acontecido con anterioridad. Y en unas circunstancias como esas, cuando cada día no era un día nuevo, como ocurre con el resto de las personas, sino uno de los días ya vividos, y se produce la misma situación que antecedió al intento de homicidio de la madre, con insultos desde la calle y piedras golpeando paredes y ventanas. La reacción de los hijos de Nabila no puede entenderse como una reacción dirigida a actuar sobre lo que estaba sucediendo, sino como una acción dirigida a evitar lo que ya sabían que iba a volver a ocurrir a partir de su experiencia.

Esta vez la defienden.

Su defensa es por los efectos del trauma. Los síntomas son múltiples: sudoración excesiva, trastornos del sueño, alimentarios, músculo esqueléticos, impactos a nivel neuronal severos, sintomatología de depresión, ideación suicida, estrés sostenido y estado de alarma constante. Nabila y sus hijos no conocen otra vida y quien juzga nunca ha sentido los golpes en su cuerpo, los gritos de una víctima y el temor a un agresor. No entiende la impotencia de ser sometida y deshumanizada en cada acción.  No ha sentido el terror, ese dispositivo que los agresores buscan.

Cuando se analiza una conducta, también una conducta criminal, no sólo hay que tener en cuenta el resultado, también hay que estudiar las razones sobre las que se elabora, los objetivos que se pretenden alcanzar con ella, y las circunstancias que la envuelven y llevan a tomar decisiones dentro de ese contexto, de lo contrario no alcanzaremos a conocer su verdadera dimensión y significado, y no podremos impartir justicia, sólo quedará el castigo.

Estos dos jóvenes han pasado más de la mitad de su vida bajo la violencia, y con la
sensación de no haber hecho lo suficiente para proteger a su madre.

 

 

 

 

 

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Escrito por

Carla Rojas, psicóloga experta en violencia de Género/Magíster en Dirección de Personas, y Miguel Llorente, Profesor de Medicina Legal y Forense/ Especialista en género.

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