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La infancia que murió en el encierro: El presente del joven condenado por el incendio de estación Pedrero

Benjamín tiene apenas 18 años, pero ya enfrentó dos juicios orales acusado de incendiar estación Pedrero durante el estallido social y a los 16 fue encerrado durante un año en un centro del Sename. Allí sufrió vulneraciones que lo marcaron y nunca volvió a ser mismo. Cuando parecía que la pesadilla había terminado, el pasado 12 de mayo su tío Daniel Morales fue absuelto, pero él fue condenado por el mismo delito y vive una revictimización constante, a pesar de las inconsistencias que se detectaron en las pruebas del juicio. La Otra Diaria conversó con su tío y accedimos a detalles desconocidos del caso, mientras el “Benja” espera la lectura de una sentencia. El Ministerio Público pide diez años de internación provisoria.

Es el miércoles 12 de mayo y el humo proveniente de una angosta parrilla a carbón es visible antes de llegar a la casa ubicada en Avenida La Serena en la comuna de La Granja. En el patio cuatro personas conversan alrededor del fuego en espera de un improvisado asado. Entre ellos está Daniel Morales (37) y Benjamín (18), su sobrino, quienes intentan subirse el ánimo o al menos sonreír cada tanto, pese al resultado dado a conocer hace un par de horas desde el 7mo Tribunal Oral en Lo Penal de Santiago: Daniel fue absuelto, pero el adolescente fue condenado por el incendio de estación Pedrero. Dos caras de una misma moneda. Sienten que nunca tendrán paz después de algo que definen como una verdadera pesadilla. Al cabo de un rato, Benjamín parece retraído. Se despide y abandona el lugar en silencio para regresar a su casa ubicada al otro lado de la calle.

Un día después, en medio de una entrevista, se atreve a revelar más cosas.

-El resultado del primer juicio era el ideal. Los dos fuimos absueltos y lo mejor es que se dijo que la prueba del video había sido ilegal. Ahora es distinto, yo quedé absuelto, la pesadilla se terminó para mí pero queda el Benja. Más que miedo hay incertidumbre de lo que pueda pasar, porque ya le destruyeron la vida-, relata Daniel, mientras Benjamín lo mira en silencio. A ratos se queda con la vista fija hacia el suelo.

Daniel está taladrando una plancha de zinc en el patio de su casa, es de esas personas que nunca están quietas. Sus rutinas no tienen espacios en blanco. El “Benja” acaricia un pequeño perro quiltro que se apoya entre sus piernas.

-La opción de ser condenado está entre lo que esperaba-, dice serio y luego sigue un silencio profundo.

Durante la tarde del 18 de octubre del 2019, Benjamín junto a su tío asistieron a un “banderazo” de Colo Colo  afuera de estación Pedrero, en donde los hinchas interrumpieron el tránsito de Vicuña Mackenna, mientras coreaban los cánticos de la Garra Blanca agitando sus banderas ante el fuego de una barricada en Avenida Departamental.

En el fotograma de las cámaras de seguridad de la estación se ve al adolescente encapuchado con una camiseta blanca ingresar en el sector de la boletería, en donde hay otras cinco personas al interior. También se ve que Daniel lo espera en la entrada. Después de unos segundos ambos se van, sin sospechar que semanas más tarde serían acusados por el siniestro.

El siete de noviembre, mientras Benjamín salía de clases, fue detenido por Policía de Investigaciones y formalizado en el 13 Juzgado de Garantía de Santiago por el delito de incendio. A la sala de audiencias entró engrillado de pies y manos. Tenía apenas 16 años. En esa ocasión, por decisión del tribunal, fue considerado “un peligro para la sociedad”. En ese momento quedó bajo la medida cautelar de internación provisoria en el CIP CRC de San Joaquín. Estuvo un año encerrado.

Un mes después Daniel fue detenido por el mismo delito que su sobrino, sus familiares se enteraron por la prensa de lo que estaba ocurriendo. Quedó en prisión preventiva en Santiago Uno y alcanzó a estar 378 días encerrado en el módulo 12. El dolor quebró a la familia. Su esposa, Elisa Zagachione, tuvo que subsistir en la pandemia vendiendo perfumes y cremas por Internet para poder mantener a los dos pequeños hijos de la pareja de cuatro y 12 años.

El 3 de noviembre del 2020, luego de dos semanas de juicio oral sin interrupciones, el 7mo Tribunal Oral en Lo Penal de Santiago resolvió absolver a Daniel y a Benjamín. Ambos quedaron en libertad inmediatamente. “La prueba no fue suficiente para determinar la participación, que se le atribuía por parte del Ministerio Público”, estimó el Tribunal.

Cuando dieron a conocer el resultado, tío y sobrino estaban felices de volver a sus casas, pero una parte de ellos seguía intranquila. Tenían el presentimiento de que se podía pedir la anulación del juicio y que volverían por uno de los dos.

-La Fiscalía no se iba a quedar de brazos cruzados, y así fue. Desde el segundo cero hubo intención de buscar un culpable, y nos culparon siendo inocentes (…) Nadie me va a devolver el tiempo perdido, las deudas que tengo por haber estado en la cárcel, el haber dejado solos a mis hijos y a mi compañera. El Benja nunca más fue el mismo, cambió mucho, ya no es el niño que era antes de ser detenido-, confiesa Daniel, mientras toma un sorbo de té y sostiene la taza en un gesto para tratar de calentar las manos.

 

El adolescente cumplió la mayoría de edad ad portas del segundo juicio.

El niño Benjamín

Benjamín S.M. nació el dos de marzo del 2003, y desde pequeño mostró un apego muy especial hacia su madre y ambos son muy amigos. Antes de la detención era muy cercano a sus abuelos maternos, Teresa y José, con quienes vive hasta el día de hoy en la población El Manzanal, en la comuna de La Granja.

El metro noventa de estatura del joven contrasta con un rostro que conserva las facciones infantiles del niño que era hasta hace poco. En medio de la entrevista asoma su timidez, la que cada tanto esconde con una sonrisa de ojos chinos. Revisa el celular de manera obsesiva, como todos los jóvenes de su edad. A los 18 debería estar pensando en rendir la PSU, o en el “carrete” que irá el fin de semana, o quizá en las zapatillas nuevas que quiere comprarse. Pero Benjamín saca cuentas sobre a qué edad saldrá de la cárcel. Incluso, con los dedos de sus manos contabiliza qué tipo de condena podría recibir, lo que le devuelve la esperanza por unos segundos: cree que no le corresponden 10 años, pueden ser cinco, en los cuáles se contabilizan los 361 días pasó en régimen cerrado. Podría salir en un año con mucha suerte.

Pero los abogados de la defensoría temen por los diez años de internación provisoria que pide el Ministerio Público. Rodrigo Román solicitará libertad asistida y, como ya cumplió con casi un año de encierro, también pedirá que la pena se de por cumplida.

Su familia a veces siente que el joven se apaga. “El Benja”, como lo llama cada tanto su tío, intenta estar aislado y encerrado en su habitación. Daniel siente que está más agresivo y solitario, en medio de esa especie de coraza con que quedó tras su paso por el Sename.

Antes, el niño Benjamín corría persiguiendo volantines cortados en vísperas de fiestas patrias, coleccionaba autitos de juguetes de diversos modelos y colores. Algo que se transformó en otro de sus pasatiempos y sus familiares lo consentían con ese hobby. Ahora los más de 70 autitos reposan en una maleta llena de polvo. Ya nada de eso le interesa.

Las primeras semanas de internación en centro cerrado fueron complejas, especialmente por la separación con su familia y la incertidumbre de algo nuevo. Lo sicólogos dicen que cuando un niño es separado de sus padres o familiares sufre un apagón emocional. Cuando esta condición se presenta pueden revivir el acontecimiento de separación continuamente, evitar hablar del tema y de cómo los hace sentir (evasión), presentar reacciones exageradas o cambios frecuentes en su estado de ánimo. Entre los efectos postraumáticos está la baja autoestima, la hostilidad la agresividad incluso a su propia familia. También está la depresión y la desesperanza.

Pilar Morales, la madre de Benjamín, era la encargada de visitarlo. Le llevaba galletas, papas fritas y bebida, pero siempre se devolvía acongojada.

Benjamín solo comenzó a adaptarse gracias a la estrecha amistad que tenía con Joaquín, otro adolescente que estaba en el centro acusado de incendiar la Municipalidad de Buin en noviembre del 2019. Entre los dos se apoyaron, pero pronto la medida cautelar de Joaquín fue revocada y vio partir a su único amigo.

Después de esa pérdida el centro de Sename transformó en una lucha de supervivencia. Sabía que la única manera de sobrevivir era mostrándose violento y pelear en caso de que fuese necesario. Su internación en el Sename no estuvo exento de negligencias y maltratos por las que el servicio ha estado cuestionado en tantos informes lapidarios de distintas instituciones. En el CIP CRC de San Joaquín experimentó varios episodios traumáticos. El silencio de Benjamín no es casual. Tampoco que se desvaneciera su alegría. Su familia sabe que el mutismo es para no revelar el dolor que experimentó.

Jacobo Caro fue profesor de historia en ese centro de Sename y mientras realizaba clases le informaron que a la casa cinco había ingresado un preso de la revuelta llamado Benjamín, lo que llamó inmediatamente su atención. Todos los días llegaban menores de edad prisioneros tras el Estallido Social, quienes incluso venían muy golpeados.

-Benjamín era un niño que no entendía y que le iba a costar entender la dinámica carcelaria que funciona al interior de los Centros de Internación Provisoria del Sename, en donde está el “perro chico”, el “perro grande”, el “pollo” (…) Uno siempre estaba pendiente de él, cómo estaba de ánimo, su cara (por los golpes), con quién hablaba. Mi primera impresión al verlo fue de que era un niño, que estaba creando una coraza para poder convivir en el ambiente carcelario que es sumamente hostil. Estaba indefenso pero había gente pendiente de él. El Estado prácticamente ha destruido a este cabro, destruyeron su infancia-, relata al otro lado de la línea.

Según un documento del CIP CRC el 28 de julio ocurrió una pelea entre internos de la casa número cuatro y cinco en el patio del centro -en la que no estuvo involucrado Benjamín-, y que terminó con un desorden entre los jóvenes internos. En medio de la batalla campal se lanzaron extintores- y tal como se ha denunciado en otros centros cerrados- se pidió el ingreso de Gendarmería para controlar la situación. Benjamín fue golpeado y tuvo que ser atendido de urgencia. Así lo devela una cautelar de garantía (específicamente el 30 de julio), que presentó su abogado Rodrigo Román  donde relata que el adolescente fue brutalmente golpeado por Gendarmería. Finalmente, el 13 Juzgado de Garantía de Santiago resolvió oficiar al centro por esta denuncia.

Otro episodio ocurrió el tres de agosto, cuando Benjamín sostuvo una fuerte discusión con sus compañeros de unidad, lo que terminó en amenazas con “objetos cortopunzantes”. Debido a ese episodio fue enviado a una unidad de separación, en donde habría sufrido su primera crisis con ideación suicida.

Su familia quedó devastada. Benjamín al interior del Sename cumplió 17 años.

Lorenzo Morales, abogado de Daniel, asegura que una de las principales negligencias en la acusación contra Benjamín es que fue seguido durante varios días por personal de la PDI, sin tener una autorización judicial para el debido proceso, en donde fue fotografiado tanto él como su familia, pasando a llevar el artículo 31 de la Ley de Responsabilidad Adolescente.

-La policía, fiscalía y la judicatura, lo que hacen es atentar en contra de un adolescente conculcando así, múltiples derechos. Abusan del derecho penal para castigar a la disidencia de la juventud pobre-, explica Román.

Los videos condenatorios y un futuro incierto

Durante el segundo juicio, Benjamín y Daniel enfrentaron distintas acusaciones expuestas por el fiscal Omar Mérida, quien insistía en que el adolescente había incendiado la estación. Daniel vivió la instancia judicial encerrado en el baño de su nuevo trabajo; Benjamín estuvo acompañado de su madre y abuelos.

Según Lorenzo Morales las pruebas que condenaron al adolescente fueron principalmente registros de las cámaras de seguridad de Metro, particularmente de la noche del 18 de octubre del 2019. Allí denuncia que detectó ciertas irregularidades.

En dos videos a los que este medio tuvo acceso -correspondientes a las cámaras de seguridad- se ve la entrada de un grupo de personas a la estación pero sin concordancia en sus horas, a pesar de que muestra la misma escena. El primero dice 21:50 mientras que el segundo las 20:49 hrs. Además, uno de los vídeos lleva por nombre “Incendio y daños estación Cumming” y no Pedrero, lo que alertó a la defensa.

-No se sabe quién operó las cámaras de seguridad del metro, tampoco quien entregó las cámaras del metro, tampoco quién de la Policía de Investigaciones llevó a la oficina de clasificaciones estas imágenes. Finalmente hay tres imágenes, tres vídeos con distinta duración, con distinta hora y que apunta a distintas cámaras, lo que va en contra de la integridad de la prueba y sobre la licitud. De eso no se quiso hacer cargo la última integración de jueces-, explica el abogado.

Actualmente Daniel trabaja como vendedor en una empresa dedicada al rubro de la construcción.  Al final de la entrevista confiesa que sufrió discriminación en medio de la búsqueda de trabajo.  También cuenta que Benjamín está cursando tercero y cuarto medio con exámenes y guías libres en un colegio que está a un par de cuadras de su casa. O al menos eso intenta. Pasa todo el día encerrado.

Daniel repite que su sobrino está ansioso y solo quiere que llegue pronto el jueves 20 de mayo, día de lectura de sentencia.

-Me he sentido culpable, no sé, porque yo era el adulto responsable y no pude cuidar al Benja en la manifestación de esa noche, evitar que todo esto pasara. A ratos duele, pero esperemos que el resultado sea favorable y se termine pronto la pesadilla-, dice mientras Benjamín lo mira de reojo antes de despedirse.

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*Foto portada: Felipe Báez Benites
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Escrito por

Periodista de la Universidad Alberto Hurtado especializada en temas de Derechos Humanos.

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