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Volver a la universidad y a la normalidad del acoso callejero

Volver a la universidad y a la normalidad del acoso callejero

Fueron casi dos años los que dejamos de circular por espacio públicos y de a poco hemos sido empujadas y empujados al “afuera”. Las mujeres repasamos las distancias y tiempos de desplazamiento, en los costos de alimentación fuera de casa, en adelantar alarmas y tantas otras cosas. Pero, para muchas, la mayor preocupación es que volver a la calle significa volver al acoso callejero, es decir volver a sentirnos expuestas. Llega el momento de caminar con miedo, sentir esa presión que nos limita incluso a no vestirnos como queremos. El momento de estar pendientes, de enviar ubicaciones y mensajes de llegada a nuestros familiares y amigas y todas las demás injustas precauciones que tomamos por miedo.

Pienso en ropa que usamos las mujeres en la comodidad de nuestro hogar mientras estudiamos es nuestra casa, hasta que sales a caminar. Volví a la Universidad y escuché hombres decirme cosas, violentarme con lo que ellos creen son piropos. Es decir fui agredida, porque la perecer no tengo derecho a disfrutar de una vida libre de violencia camino a estudiar. Ya no es tan solo el horario de fiesta ni la tan temida noche. Así nos van reduciendo nuestra libertad.

Vuelven los temores, la rabia, la poca preocupación que existe por brindar a a las mujeres espacios seguros e incluso instancias más rápidas de denuncia a situaciones que llegan al abuso sexual como tocaciones y roces en espacios públicos o locomoción colectiva. El 96,2% de mujeres en Chile dice haber sufrido acoso sexual callejero alguna vez en su vida (según la Radiografía del Acoso Sexual en Chile realizada por OCAC).

Hace tres años se la redes sociales se reactivaron las denuncias. Casos que se repiten: seguimientos, acechos, tocaciones y hasta intentos de secuestro en el sector del Barrio Universitario de Santiago. Se hicieron mapas sobre esta especie de “zonas rojas”, se entregaron tips para estar más seguras y la municipalidad y las universidades anunciaron que habría – y hoy se anuncian- medidas para mejorar la seguridad que no existe.  Esa seguridad que no palpamos.

No es extraño que desde que vamos creciendo, las mujeres, nos configuramos para lograr convivir (y sobrevivir) a la violencia machista. Ya lo dijo la antropóloga y escritora Rita Segato en una entrevista “las mujeres vivimos en un estadio de sitio” para hablar de la experiencia de las mujeres en el espacio público como una experiencia de “constreñimiento”.

“Sabemos desde niñas los cálculos que hacemos al colocar nuestros cuerpos en las calles. Son cálculos tan automáticos que ni siquiera lo vemos conscientes; cómo prepararse para presentarnos bajo la mirada pública siempre ha sido una operación complicada para la mujer: el pantalón, la pollera corta, el peinado, el maquillaje, etc. Son operaciones diarias para todas nosotras (…) Lo que era un cálculo casi automático para no sufrir incomodidad, hoy se transformó en un cálculo para no morir”, dice Segato. Ahora pienso en mí y en mis compañeras.

Cada una tiene sus propios mecanismos de protección y cuidado al sentirse expuesta. El mío, es estar extremadamente atenta, sin audífonos ni otras distracciones. He aprendido a caminar por la orilla de la vereda por si debo escapar, también miro hacia atrás siempre, sin que mi inspección levante sopechas.

Me ha tocado ayudara a mujeres que se sienten intimidadadas, fingir que somos amigas y que mi pololo nos espera a la vuelta. Es decir sobrevivir.

Gracias a la compañera que te acompaña a tomar el metro y a la que espera cerca del paradero hasta que te hayas subido a la micro. A la que te recuerda enviar el mensaje de whatsapp para avisar que llegaste con vida a casa cada vez que se despiden (porque eso avisamos cada vez que volvemos, que seguimos vivas). Gracias a las mujeres que crean redes de apoyo, que sin siquiera pensarlo están ahí acostumbradas a preocuparse por otras. Pero pienso que una vez más nos hacemos cargo de algo que no corresponde.

¿Qué sería de nosotras sin las otras?

De vuelta a la universidad son miles de precauciones con las que hemos tenido que lidiar. Nos roban incluso la posibilidad de disfrutar espacios cotidianos. No es solo en barrio universitario, no es solo de noche -insisto-, es todo el trayecto porque no respiro aliviada hasta que estoy dentro de mi casa. No hay un único horario, ni una única ubicación que me salve de que un día un hombre me agreda o me mate porque sí. No hay que olvidar que hay un sistema que se lo permite. Y yo, como todas las mujeres, quiero ser libre.

En cada año académico, nosotras vemos un desafío en algo que muchos ignoran: volver a la calle, y con ello, volver a estar expuestas al acoso callejero. No es la ropa, no es la hora, no es el lugar, no somos nosotras. La culpa no es nuestra y nunca lo será.

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Escrito por

Estudiante y activista feminista

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