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La historia de Wakolda: Una infancia marcada por la violencia estatal

El siete de enero a las once , las misma mañana en que se dictaba el veredicto por el homicidio de Camilo Catrillanca, más de ochocientos funcionarios de la PDI, con apoyo del Equipo de Reacción Táctica (ERTA), Carabineros, helicópteros, drones y vehículos blindados, allanaron varias comunidades mapuche. Ese día Wakolda-hija de Catrillanca- cumplió siete años. Ella estuvo esposada por horas después de que la detuvieron junto a su madre y  abuela. “Tiene ese vacío que quizá cualquier otro niño tendría si su papá hubiese fallecido. La cuidamos, pero tampoco le enseñamos a que todo es tan bonito porque al final la realidad no es así…”, dice Marcelo Catrillanca, quien cuenta cómo ha sido la vida de su familia tras la muerte de su hijo.

*El uso del nombre de la niña para este reportaje cuenta con la autorización de su familia.

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Un grupo de niños se prepara para bailar el Choike Purrun en honor a Camilo Catrillanca, y al mismo tiempo algunos pequeños corretean por el lugar ajenos al encuentro de la comunidad. Una niña está peinada con dos trenzas prolijas y viste un kupam. Mira a su alrededor, deja unas ramas de canelo cerca de la fotografía de Camilo Catrillanca y sale corriendo a jugar con otras niñas que la esperan. El sol quema la piel.

Es el Lef Trawun de la comunidad de Temucuicui tras el allanamiento de la Policía de Investigaciones el siete de enero. El punto de inflexión en el conflicto del Estado con el pueblo mapuche.

La reunión se lleva a cabo no solo por el allanamiento, sino también porque-tal y como fue testigo su abuelo y el abogado Nelson Miranda- Wakolda fue detenida y esposada, el mismo día que cumplía años. Si no hubiese sido por el fotógrafo Camilo Tapia, quien captó el momento preciso de la agresión, parte de esta historia no habría salido a la luz.

La pequeña que se paró solemne frente al gualle centenario es Wakolda Catrillanca. Tiene siete años y a su corta edad ya sabe de violencia y de pérdida.

Lef Trawun en Temucuicui

Lef Trawun en Temucuicui

Dos días después de Lef Trawun, Marcelo Catrillanca está sentado en una banca de madera afuera de la casa que habitaría su hijo, su nuera Katherine y sus dos hijas, pero hoy nadie vive en ese lugar. Adentro, Teresa ordena y barre el living por donde pasaron varias visitas que acogieron durante el encuentro.

El sonido de fondo es una radio mal sintonizada con las noticias de la radio Bío Bío a las que Marcelo siempre está atento.

-Tratamos de alentar a la Wako, que no se sienta bajoneada. Ella tiene ese vacío que quizá cualquier otro niño tendría si su papá hubiese fallecido. La cuidamos, pero tampoco le enseñamos a que todo es tan bonito porque al final la realidad no es así. Él como papá (Camilo Catrillanca) fue muy cariñoso con su hija y la protegía para que nadie le hiciera nada-, dice Marcelo mientras extiende un vaso de harina tostada con agua y azúcar para capear el calor.

Marcelo camina junto al gualle, solo quedan los restos de la ramada que acogió a periodistas, abogados y a otros “peñis” y “lagmiens” que llegaron hasta el Lef Trawun. En medio de la entrevista muestra una cicatriz marrón –del tamaño de una moneda de cien pesos- es la marca que le dejó un perdigón el día del allanamiento. Él estaba en Angol, donde también fueron reprimidos otros comuneros que asistieron a la audiencia.

-A mi hermano Oscar le descargaron un montón de perdigones en el pie-, dice mientras se sube la basta del pantalón para mostrar la herida.

Meses antes de la muerte de su hijo, Marcelo había pensado dejar la función de werkén en Temucuicui, para pasar a una especie de retiro, de jubilación. Atrás había quedado su clandestinidad cerca del 2005, esa parte de la historia que golpeó a los Catrillanca. Entonces el 2018 ya dos de sus tres hijos: Camilo y Paula habían formado familia e iban en camino dos de sus segundas nietas; Newen, el tercero, ya era un adolescente. Pero todo cambió ese día. “Ese dia”, repite para nombrar el 14 de noviembre del mismo año, el día que asesinaron a Camilo Catrillanca, su hijo.

La historia es conocida: En medio de un procedimiento del grupo de Operaciones Policiales Especiales de Carabineros (Grupo de reacción táctica) conocido como “Comando Jungla”, el sargento Carlos Alarcón, le disparó en la cabeza.

Desde entonces tuvo que volver a organizar encuentros en la comunidad, citas con políticos, en definitiva, pedir justicia. Este año denunció dos veces que mientras estaban en Angol Carabineros y la Policía de Investigaciones entraron a Temucuicui con un contingente nunca antes visto: la primera el dos de diciembre y la segunda el siete de enero, donde otros niños también fueron víctimas de la represión. Ese día ocurrió también el asesinato del policía Luis Morales.

Y la comunidad cambió.

Temucuicui (dividida en histórica y autónoma) está ubicada a más de 90 kilómetros de Temuco, en la comuna de Ercilla, lugar donde viven más de 150 familias. Es la comunidad en resistencia que mayor extensión de tierras ha logrado recuperar durante las últimas décadas: el fundo Alaska, el fundo La Romana y Montenegro.

Ellos dicen que después de diez años volvieron a un sistema de vigilancia. Y prueba de ello es que nadie entró al encuentro sin registrarse en dos zonas de seguridad, donde los winkas asistentes fueron detenidos por dos guardias compuestas de jóvenes encapuchados.

Marcelo habla  de esa violencia que es ancestral. Su padre y su bisabuelo podrían contar historias similares. Él mismo evoca cómo su papá-el longko Juan Catrillanca- lo arrastraron atado a su propio caballo. Un linaje marcado por el dolor que a veces parece no tener fin. Entre sus recuerdos del 73 están los allanamientos, él escondido en un cerro mientras su papá era perseguido y la casa de su abuelo era consumida por el fuego. Podrían hablar de hombres mapuche despojados de tierras por terratenientes que los obligaban a tratos injustos que a cambio les ofrecían sacos de trigo con gorgojos.

¿Cómo se le explica a una niña esa violencia y lo que pasó con su padre?

Marcelo contesta que es difícil, que Wakolda le dice a la gente que su papá salió a trabajar. La niña ha visitado el cementerio en los cumpleaños de Camilo Catrillanca, escucha cosas sobre audiencias, pero insiste en que su papá “salió a trabajar”.

La familia también tuvo que improvisar otras cosas en el camino. Marcelo asumió el rol paternal, ayuda a su nieta en las tareas y le enseña a jugar. Y Wakolda lo llama “papá”.

– No lo asimila todavía, es una niña de siete años que quiere abrazar a su padre y él no está, luego pasará lo mismo con Camila (segunda hija de Catrillanca que no alcanzó a conocer), el momento en que tenga cierta edad y quiera saber la realidad-, dice Marcelo.

Wakolda aparece en la colina frente a la casa, pedalea fuerte en una bicicleta naranja, que parece que se fuera a desarmar por la velocidad que la niña alcanza. Ella advierte que su abuelo la observa, deja la bicicleta en el suelo y corre hacía él.

-“¡Papá!”-, grita mientras se acerca, saluda y se sienta en la falda de su abuelo y lo mira atenta.

Dice que tiene dos cuadernos, uno en español y otro en mapudungún. Hace el gesto de un libro con las palmas de ambas manos. Se despide y vuelve a jugar.

Casa de Camilo Catrillanca

Casa de Camilo Catrillanca

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Pasado el mediodía del jueves siete de enero, en la equina de Rengo con Ercilla, a 12 kilómetros de Temucuicui, Katherine – viuda de Camilo Catrillanca- se detuvo en un “ceda el paso”. Su suegra, Teresa Marín, preparaba algunos sándwiches. Habían tanteado llegar al Tribunal de Angol para escuchar el veredicto en la audiencia final por el asesinato de Camilo, pero les impidieron acercarse, de la misma forma que ocurrió con varios conocidos de Temucuicui.

Apenas unos segundos después, un policía apuntó a la conductora. Otro detective destrozó la ventana derecha con la culata. Los vidrios quedaron esparcidos en el pavimento. Arrastraron a Teresa y la tiraron al suelo, lo mismo hicieron con Katherine y Wakolda.

-¡Es una niña!-, advirtió uno de los policías. Pero los gritos y los empujones siguieron.

Las dos adultas fueron trasladadas a la tenencia de Ercilla y a la pequeña -según el mismo testimonio que entregó al Instituto Nacional de Derechos Humanos INDH- a la ciudad de Victoria.

Wakolda lloraba cuando debía volver a contar lo vivido.

Detención de Wakolda / Foto de Camilo Tapia

Detención de Wakolda / Foto de Camilo Tapia

Pasado las 12:30, en el camino de Ercilla y en medio del caos, Marcelo Catrillanca también quedó atascado en la carretera entre los autos y el fuerte contingente militar. Le avisaron por teléfono que su esposa, nuera y nieta estaban detenidas. Segundos después le avisaron que Wakolda había sido llevada a Victoria.

Marcelo logró llegar a la tenencia una hora y media más tarde. Una carabinera le dijo que el procedimiento no tenía que ver con ellos y que solo proveyeron los estacionamientos del lugar para los vehículos de la PDI. Esperó tres horas más y cuando al fin una inspectora de la PDI lo hizo pasar, vio a Wakolda esposada.

-La nieta me abrazó y me dijo “¿Van a soltar a la mi mamá?”-, recuerda.

Luego Héctor Espinosa, director general de la PDI negó públicamente que la niña hubiera sido detenida. La institución aun lo niega.

Desde la novena región Onésima Lienqueo fundadora de la Red por la Infancia Mapuche cuenta que pese a todas estas vivencias, tras los anuncios de Sebastián Piñera sobre militarización de la zona, volvieron los procedimientos represivos a Ercilla.

Los niños,  niñas y  sus madres volvieron a sentir temor otra vez.  Hay un clima de aguda tensión

-Tienen la sensación de que se viene algo grande-, dice.

Algunos comuneros denuncian que hoy-a dos meses del allanamiento- la situación continúa igual o peor. Siguen los controles de la PDI y Fuerzas Especiales, particularmente en los ingresos de la comunidad.

Desde el INDH regional comentan que con el amparo  interpuesto por ellos y la Defensoría de la Niñez –que fue acogido por  la Corte Suprema el  9 de febrero- quedó establecido que el procedimiento llevado a cabo por la policía fue ilegal y arbitrario. Además hay una denuncia criminal con respecto a varios otros procedimientos que se desarrollaron en Ercilla ese mismo día. El primero se pudo apreciar en el audio que circuló donde aparecen los gritos de una joven de 17 años amenazada de muerte por un policía; el segundo, es el caso de otra niña de 12 que fue detenida en características similares a las de Wakolda. En uno de los últimos hechos de la investigación sobre la hija de Catrillanca, ya existe un audio que entregó la propia Policía de Investigaciones, donde se advierte la angustia de la niña.

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La semana pasada se publicó el Informe “Violencia Institucional a la Infancia Mapuche” de la Red por la Defensa de Infancia Mapuche. Allí se mencionan algunos casos, como el de un allanamiento de la PDI a la Comunidad de Chacaico donde entraron a una casa donde y detuvieron a dos mujeres, un hombre y una niña de tres años de edad, quienes fueron llevados a las dependencias de la policía en la comuna de Victoria. La niña permaneció detenida durante ocho horas, junto a su madre, quien estaba esposada de una mano, y después fue entregada a un pariente. La familia denuncia falta de información respecto al paradero de la pequeña y una respuesta tardía en la entrega de ella a un adulto responsable.

Otro caso que se menciona es uno ocurrido en junio del año pasado, en la comuna de Traiguén, perteneciente a la comunidad Temulemu, donde un niño de 13 años de edad fue emboscado junto a su padre y otros comuneros por policías de civil. El adolescente fue golpeado y abandonado en el camino, a 15 kilómetros aproximadamente de su comunidad.

El documento además revela los efectos de la violencia policial que se repiten en niños, niñas y adolescentes mapuche, tales como sentimientos de miedo intenso hacia agentes policiales – tanto de la policía uniformada como de la policía civil- sentimientos de tristeza y angustia, insomnio, pesadillas y flashback (revivir el trauma) con los hechos vulneratorios, tensión permanente, llanto, desánimo y nerviosismo. Síntomas que tienen como consecuencia cuadros de estrés postraumático, depresión y ansiedad, ente otros. Se mencionan que algunos niños duermen vestidos por miedo a los allanamientos, (que mayoritariamente ocurren la noche).

“En los pre-adolescentes y adolescentes, se observan mayores sentimientos de rabia y de rebeldía, identificando a los agentes policiales como los “enemigos” (…)Se detecta también un nivel alto de deserción escolar, que es posible asociar a las afectaciones emocionales ya descritas, la criminalización de sus familias, el trabajo que deben realizar al hacerse cargo de labores del campo, así como también se observan acciones de automutilación en adolescentes, a través de cortes en diferentes partes de su cuerpo, como una forma de lidiar con el dolor emoción”, dice el informe.

En medio de la conversación, Marcelo repite que antes de la muerte de su hijo, la vida parecía haberse acomodado. “Camilo iba a vivir aquí”, dice mientras apunta la casa de madera donde flamea un lienzo con el rostro de su hijo. Su nuera hoy vive en una casa al lado a la de ellos en el fundo Alaska, dijo que no se quería quedar viviendo sola. Día por medio van a limpiar ese lugar vacío, ese pequeño rito mantiene vivo el recuerdo de su primogénito. Confiesa que la más afectada con la muerte de Camilo fue Teresa, cuenta que se desahogó por primera vez el año pasado y lloró con unos amigos. Quienes la conocen saben que nunca superó la partida de su hijo. Pero Marcelo cree que las palabras pueden ser terapéuticas.

-No podemos dejar solo este lugar, hacemos memoria, le conversamos, vamos al tractor, a dos kilómetros de la casa. La Teresa va más, ella dice que se relaja y a veces vamos todos en familia. Le conversamos y le pedimos que nos cuide, que siga con nosotros. Camilo nos apoyaba y después mucho más cuando empezó a crecer. Tomaba decisiones, era muy querido acá. Cuando pasó lo de su muerte, la comunidad sufrió mucho-, cuenta.

Su nieta sigue jugando en la bicicleta y correteando por el lugar.

-La Wakolda se parece a Camilo, ella quiere mandar en los juegos y tomar decisiones. Quiere ordenar a las niñas chicas, uno nace siendo así, ¿cierto?-, dice mientras se para y se sacude los pantalones. Tiene que ir a cerrar la casa de su hijo.

Entrevista de La Otra diaria a Marcelo Catrillanca:

 

 

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Periodista feminista. Autora de “Abandonados: Vida y muerte al interior del Sename”

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