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El día después del 8M

El día después del 8M

Desde muy joven experimenté varios abusos de un mundo patriarcal, en ese tiempo entendí que nuestra vida no era más que un instrumento para sustentar este sistema desigual y tan asimétrico. Que nuestros cuerpos no eran nuestros y que a nadie le importaba si nuestras vidas eran arruinadas, porque simplemente somos invisibles. La violencia institucional hace lo suyo e históricamente nos impusieron que las mujeres debemos sentirnos culpables de nuestras tragedias.

Nuestros cuerpos son sinónimos de maldad e imperfección, estrictamente controlados. Durante mucho tiempo, a nuestros asesinos, se les llamaba “hombres enfermos” “apasionados”. Hombres que debían tener algún trastorno psiquiátrico que por la infidelidad o algún arrebato de la mujer, habían cometido el femicidio. Algo había hecho la víctima para merecerlo. Porque siempre hacemos “algo”.

Las mujeres sienten miedo, cuando pasan por un embarazo no deseado y deciden abortar, miedo a morir, miedo a salir dañadas emocionalmente, miedo a que sean perseguidas, debido a la penalización y a la condena social. Un miedo que nos han inculcado desde niñas. Se nos ha pedido que demos todo, incluso nuestras vidas a cambio de nada. Una escena de soledad es una mujer en un baño frente a un test de embarazo. Pregúntenle a sus cercanas y comprenderán que solo nosotras sabemos de esa angustia.

Penalizar el aborto es otra forma de violencia que perjudica a las mujeres más pobres de nuestro país, a las que no pueden acceder a una interrupción segura. La penalización es una herramienta para causar miedo, nos hacen creer que estamos haciendo algo malo de nuevo, que nuestros cuerpos no nos pertenecen y que no tenemos derecho a decidir por nuestras vidas. Que somos meras incubadoras.

Es cierto que las cosas han cambiado, ya nadie discute que la muerte de una mujer a manos de un hombre se llama femicidio, las noticias hablan de un problema social y que debe abordarse. Pero también es cierto que las demandas que gritamos con fuerza en las calles aún no se materializan. Y las autoridades dan vueltas en círculos.

Expresiones de opresión frente a mantener nuestros cuerpos en poder del Estado, los grupos antimujeres han trasformado la lucha del aborto en una guerra en contra de nuestra dignidad y libertad. Queda mucho camino por recorrer.

¿Y qué viene ahora? ¿Vamos encaminadas a tener aborto libre pronto? ¿O vamos a estar años eternos discutiendo, cómo se hizo por el aborto con causales?

Hoy tenemos una oportunidad única con la redacción de la nueva Constitución, es la posibilidad de que nuestros derechos sexuales y reproductivos queden consagrados en la nueva carta magna. Y nuestros derechos no deben negociarse.

Finalmente debemos hacernos conscientes de nuestro poder, ya mucho hemos perdido a lo largo de la historia. Debemos  pensar con convicción que el feminismo es el único movimiento que tiene la oportunidad de generar una revolución.

Después del 8M y aunque “no tengamos ministra”, no hay que bajar los brazos. Tenemos que gritar con más fuerza que nunca: «Educacion sexual para decidir, Anticonceptivos para no abortar y Aborto legal para no morir».

 

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Activista feminista, escritora y autora del libro "Mi testimonio, Aborto, Estado e Hipocresía en Chile"

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