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Onésima Lienqueo activista por la infancia del Wallmapu y candidata a diputada en el distrito 23: “Los niños mapuche no son terroristas”

Onésima Lienqueo activista por la infancia del Wallmapu y candidata a diputada en el distrito 23: “Los niños mapuche no son terroristas”

Defensora de los DD.HH. de la niñez Mapuche, ha sido galardonada por su constante labor con la infancia. Hoy, tras varios procesos e incluso recibir amenazas de muerte por denunciar el extractivimismo en el sur del país, busca llevar al Congreso su compromiso con los niños y niñas de las comunidades. “La declaración de Estado de Excepción en la macrozona sur constituye un hecho grave que atenta contra la vida e integridad de miles de niños y niñas, no tan solo de origen Mapuche. Una acción que responde a las peticiones de la derecha, de los gremios de camioneros y conductores y principalmente a las empresas forestales, por tanto, hacemos totalmente responsables a todos ellos por el daño que generará la presencia militae” , dice en esta entrevista.

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-En el año 83, mi madre vivía en una toma bien popular de Santiago. Había mucha presencia mapuche ahí, además de luchadores sociales. En ese contexto nací yo. Ella había tenido que irse del sur en plena dictadura, para buscar trabajo, y se desempeñó como nana y me crió en la casa de los patrones que eran de Ñuñoa- recuerda Onésima Lienqueo, actual candidata a diputada por el distrito 23, en la región de La Araucanía.

Su infancia estaba integrada de esos dos mundos, la niña Onésima comía en el comedor con los patrones y escuchaba música clásica, mientras su madre almorzaba en la cocina. Leía “cosas de adultos”; los otros niños repesaban historietas. Sin embargo, pese a que vivía con los patrones, fueron ellos quienes le dieron capital cultural, ese que devela en su retórica.

En su escuela la situación era distinta. Aunque aún no existía el concepto “bullying”,  a ella la apodaron “la india”.

En eso no se diferenciaba de los niños que vivían a cientos de kilómetros en el Wallmapu: Onésima también creció de golpe.

-Los niños eran crueles. A ellos los iban a buscar sus mamás o sus nanas, pero en mi caso, iba mi mamá que a la vez era la nana de los patrones y que llegaba todos los días con su delantalcito al colegio. Yo era la india, la hija de la nana que además era madre soltera-, dice.

-¿Y recuerdas a tu padre?

-He visto dos veces a mi papá biológico, cuando nací y muchos años después. Por lo que he averiguado, sé que baila en la diablada,  literalmente es el diablo en ese baile. Mi origen es Aymará-Mapuche, es una mezcla bien poderosa, pero yo me acerco más a mi madre, porque es ella quien me fortaleció como persona y como mujer. De todos modos,  me crié con un padrastro, él fue el que caminó conmigo y el que me enseñó las cosas imprtantes de la vida. Siempre me he visto obligada a utilizar el apellido de mi padre biológico, pero la verdad es que no tenemos vínculo.

Lienqueo comenzó a viajar por Chile durante su adolescencia, en ese proceso quedó embarazada de su hijo mayor, que hoy tiene 19 años. Terminó la educación media y asistía a las clases con él.  Luego comenzó a estudiar Trabajo Social en el Instituto IP y después Educación de Párvulos en la Universidad Andrés Bello. Cuando estaba en segundo año de la carrera su madre decidió volver al sur.

-Se llevó a mi hijo con ella para ayudarme, pero yo no pude vivir con esa distancia y me devolví al campo con ellos. Allí está mi familia, mi tuwün, que significa ‘procedencia territorial’”-, dice.

Tiempo después, tuvo a su segundo hijo de, ahora, 14 años. Y fue el punto de inflexión.

-Él era pequeño cuando su padre me empezó a golpear. Soy una sobreviviente de la violencia intrafamiliar- relata.

Hoy mira esos episodios con distancia, pero con la convicción de que son parte de la mujer que es.

-Hace cinco años lo destapé en mi familia. Cada vez que lo recuerdo me genera estrés, se me vienen muchos recuerdos a la cabeza. Estuve poco más de un año con él antes de quedar embarazada, luego viví siete meses de violencia incansable. Él no tenía ningún tipo de conducta que me hiciera sospechar, no era violento, era encantador. Cuando me empezó a golpear, él buscaba la forma de hacerme sentir culpable, construía una realidad en la que yo era la que generaba conflictos. Pese a que no lo conté a mi familia, yo lo denuncié en todas las oportunidades, desde la primera vez que me pegó. No puedo decir que el sistema me ayudó, porque no estuvo ahí para nada-, recuerda

Un día Onésima decidió poner punto final a esa situación.

-Él me iba a agredir me salvé porque los vecinos llamaron a los carabineros. Entonces después de eso decidí escaparme con un bolso con ropa y pañales. Cuando me iba yendo, él me pegó en la calle y la gente pasaba por al lado sin hacer absolutamente nada. Nadie me ayudó, nadie intervino. Cuando lo recuperé, me fui a arrendar una pieza en la casa de una tía a la que le conté todo. Seguí un proceso de víctimas, me cambiaron el número, finalmente tomé terapia, pero esto no fue suficiente para mí, ya que mis hijos también vivieron la violencia y ellos no fueron tratados. Desde ahí, he levantado mi proceso de lucha con mujeres y niños-, dice convencida.

La pesadilla solo terminó una vez que logró escapar hacia el sur, o eso parecía. Un día se fue de vacaciones a la playa con sus hijos y unas primas, hasta allí llegó el mismo hombre a buscarla.

-Mi mamá me defendió. Fue a hablar con él y ahí paró, yo creo que nunca nadie lo había enfrentado como mi mamá. Ese fue uno de los últimos ataques. No vivo sumergida en el odio ni nada, pero he tenido que reconstruir mi emocionalidad como mujer. Sigo con desconfianza-, confiesa.

Guardiana de la cultura Mapuche

Con el paso del tiempo, Onésima se reinventó. Actualmente es educadora de párvulos, psicopedagoga y además trabaja en su tesina de grado de Licenciatura en Educación. Es reconocida como vocera de la Red por la Defensa de la Infancia Mapuche y trabaja desde hace más de una década con niñas y niños del Wallmapu.

Cuando volvió al sur, en la localidad de Imperial, pensó que sus hijos se iban a desenvolver en un espacio un poco más alejado de la discriminación, pero el escenario no fue distinto. Se encontró con un racismo enquistado, incluso al interior de las escuelas, al que se agregaban las dificultades de la ruralidad y de vivir en un entorno armado. Un lugar donde  los niños crecen entre policías,  tanquetas y casquillos de balas.

Por esta razón fundó la organización “Pichi Newen” (fuerza de niño)  para trabajar en la identidad y cultura Mapuche en los niños y niñas.

Con esto logró varios reconocimientos, el primero fue en el año 2013 en el concurso “Acción Joven”, de la Universidad Andrés Bello. Su proyecto comenzó a generar interés y lo expuso en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

-Fui y me sacaron con perros antiexplosivos, entonces me tuvieron que ir a buscar afuera, después de mucho rato. Me hicieron desprenderme de mis prendas para entrar. No me dejaban entrar. Esto fue justo un 11 de septiembre y cuando iba a presentar mi trabajo como lideresa, como joven que generaba impacto social. A mí no me dio vergüenza, me dio rabia y volví al pasado, a todas las veces en que me trataron de india, a todas las veces en que mis profesores me preguntaban si mi apellido era alemán o inglés sabiendo que no es así- explica.

Tras una seguidilla de otros reconocimientos, Onésima Lienqueo fue catalogada por la prensa como “la guardiana de la cultura Mapuche”. Posteriormente fue reconocida en TVN por su proyecto.

-Yo le había prometido a mi mamá que un día iba a volar en avión y se iba a quedar en un hotel, así que la mandé a ella a recibirlo. El premio se lo dio Amaro Gómez Pablo en un programa que se llamaba ‘Camiseteados’. Fue una forma de retribuir todo lo que ha hecho por mí-, relata.

Tiempo después, Lienqueo se unió al Movimiento “Agua y Tierra”, que extiende su trabajo a todo Chile. Allí, como tantas otras mujeres ambientalistas en Chile y Latinoamérica, recibió las primeras amenazas de muerte tras luchar en contra del extractivismo desmedido en las localidades. Llamaban a su madre y a sus hijos para decirle que si Onésima no se callaba “iba a aparecer muerta”. Todo aquello quedó guardado en una carpeta personal, como antecedentes.

En paralelo, su trabajo social, era reconocido por muchas personas. En el año 2019 fue invitada a Dublín, en Irlanda, a un encuentro de defensores de Derechos Humanos, donde se encontró con la ex presidenta Michelle Bachelet.

-¿Qué  te pasó con ese reconocimiento, cuando ambos mandatos de Bachelet han sido criticados por el tratamiento que dieron al conflicto del Estado con el Pueblo Mapuche?

-Soy defensora de los DD.HH. reconocida por Front Line Defenders, entre otras organizaciones y fui invitada para hablar de la niñez. En eso estaba cuando escuché a Michelle abriendo el encuentro con un discurso en que decía que cuando uno defiende sus derechos no puede ser considerado como un acto terrorista, siendo que ella fue la primera en aplicar la Ley Antiterrorista en Chile. Una compañera guatemalteca le preguntó por el asesinato de Macarena Valdés, en el año 2016 (activista socioambiental que fue encontrada colgada en las vigas de su casa), y de cómo ella había protegido los derechos del pueblo Mapuche en su mandato, le respondió que no estaba enterada del caso de Macarena y que no se podía hacer responsable de algo que no sabía, aun cuando ella era presidenta en ese momento. Después habló de Catrillanca, sin decir su nombre, habló siempre de un “joven” y yo le recordé que se llamaba Camilo, Camilo Catrillanca. Cuando el evento terminó, me acerqué y le dije que era a defensora de la niñez Mapuche, la misma que ella vulneró en sus dos gobiernos. Le dije que sí estaba enterada de ese y otros casos,  porque ella envió a sus ministros al territorio pero nunca se hizo cargo de ningún hecho de violencia. En sus dos gobiernos vino una sola vez a la Araucanía.

De todos los casos de niños Mapuche vulnerados por el sistema, Onésima reconoce que el que más la marcó fue el de M.P.C, el adolescente que acompañaba a Camilo Catrillanca cuando fue asesinado.

-Con él pasé los límites del apoyo socioemocional, que es lo que yo hago, y llegué al punto del cariño. A él lo tuve en mi casa, me lo traje y me ha tocado ir a defenderlo y sacarlo de las manos de los carabineros y de los militares. Hoy es adulto, tiene 19 años recién cumplidos y es papá. En él veo cómo el sistema no garantiza una posibilidad de ayuda a un niño que nace en un contexto de vulneración. Con él tengo una situación muy cercana porque no tiene mamá y su papá está preso, me hice cargo legalmente de él hasta los 18 años y me sorprende cómo a pesar de todo lo que vivió, siguió siendo fuerte-, explica.

No se olvida tampoco del caso de Brandon Huentecol, quien a los 17 años recibió un disparo con 180 perdigones en su espalda y estuvo 45 días hospitalizado. El joven ha tenido que soportar más de 17 intervenciones quirúrgicas. También menciona a Luis Marileo, procesado a los 16 años por la Ley Antiterrorista y asesinado por un ex carabinero en retiro. Él dejó un hijo de diez años y hasta la fecha no se ha conseguido justicia.

Otro caso reciente que la conmovió fue cuando el hijo de la defensora ambiental Gricel Fritz Ñancul, fue agredido por personal de la PDI mientras intentaba defender a su madre y a su tía.

-Yo conocí a ‘C’ cuando era chiquitito, para él era muy importante estudiar, quería ser abogado. Le gustaba aprender de la tierra, de las semillas y preguntaba mucho, siempre quería saber más. Después de la agresión perdió su sonrisa e interés por las cosas. Está más callado, su sonrisa ya no se ve tan fácilmente y se le ve alerta alerta todo el día-, comenta Onésima.

Por último, dice que no puede dejar de mencionar a “W”, la hija de Camilo Catrillanca. “Ella es todo un mundo, todo un proceso. Dice que su papá está en el cielo cuidándola a ella y a su abuelita, pero que cree que a veces su abuelita se quiere ir con su papá”, agrega.

Onésima recalca que los niños del Wallmapu no son como los otros niños. Sufren de ansiedad, de obesidad, de falta de concentración, entre otros problemas como la deserción escolar.

-Los niños, donde sea que vayan, son catalogados como ‘comuneros’. En los hospitales no dicen ‘llegó un niño baleado’, llaman a la PDI o a Carabineros para denunciarlos, aun cuando los adolescentes o  pequeños son las víctimas. En Chile no hay avances en materia de igualdad, al contrario, estamos en un fuerte retroceso donde hay bastantes aspectos que condicionan esa situación, que tienen que ver con una educación que no permite las diferencias. Hemos olvidado nuestros propios orígenes y creo que lo que yo viví hace 30 años, no tendría por qué suceder hoy-, reconoce.

– Con el Estado de Excepción en la zona la violencia se agudizará el conflicto y ya sabemos quiénes son las principales víctimas ¿Qué implica este anuncio para ti y la labor que haces?

-La declaración de Estado de Excepción en la macrozona sur constituye un hecho grave que atenta contra la vida e integridad de miles de niños y niñas, no tan solo de origen Mapuche, sino también chilenos. Una acción que responde a las peticiones de la derecha, de los gremios de camioneros y conductores y principalmente a las empresas forestales, por tanto, hacemos totalmente responsables a todos ellos por el daño que generará la presencia militar y su tan conocido actuar en época de dictadura contra niñas, niños y adolescentes. Recordamos a la ciudadanía que los niños y niñas no son terroristas, que no son enemigos del Estado y que este tiene la obligación de garantizar sus derechos y su protección.

– Esa es la violencia que la gente ignora, también sus efectos a corto y largo que ustedes como red se han dedicado a investigar

-Sí. En marzo se publicó el Informe “Violencia Institucional a la Infancia Mapuche” de la Red por la Defensa de Infancia Mapuche. El estudio revela los efectos de la violencia policial que se repiten en niños, niñas y adolescentes mapuche, tales como sentimientos de miedo intenso hacia agentes policiales, tanto de la policía uniformada como de la policía civil, sentimientos de tristeza y angustia, insomnio, pesadillas y flashback (revivir el trauma), llanto, desánimo, nerviosismo y depresión. Se mencionan que algunos niños duermen vestidos por miedo a los allanamientos (que mayoritariamente ocurren en la noche).  En adolescentes la rabia se expresa a través de cortes en diferentes partes de su cuerpo, como una forma de lidiar con el dolor. Todo esto se agudizará con la militarización. Insisto: los niños no son terroristas.

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Escrito por

Periodista Universidad de Santiago de Chile. Investigó sobre asuntos relacionados al tratamiento de la vida privada en televisión y persecución y tortura de personas transgénero durante la dictadura militar.

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