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Mujer y territorio: La vida de las hermanas Ñancul en medio de la represión y persecución policial

Hace casi un año, las hermanas Gricel y Nora Fritz Ñancul, defensoras de la recuperación de Mulchén, fueron agredidas por efectivos de la Policía de Investigaciones. Días después la imagen del hijo adolescente de Gricel de rodillas, mientras un carabinero lo sostiene de los hombros, causó indignación en redes sociales y será por mucho tiempo un símbolo de la brutalidad policial en el sur de Chile. Hoy acusan que la prensa las vincula a la Coordinadora Arauco Malleco, aun cuando han sido reconocidas como defensoras territoriales por organismos internacionales. “No tenemos nada que ver con la CAM y la PDI nos sigue hostigando”, aclaran en este reportaje.

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Gricel Fritz Ñancul (43) está en su casa en la comunidad Licancura, en Mulchén, ubicada a 25 minutos de Collipulli. Afuera corretean sus hijos “C” (15) y “A” (2), la pequeña camina por los montículos de barro como una equilibrista acostumbrada a ese terreno irregular. Acelera el paso, se afirma de la hierba. Trastabilla, pero no se cae. “A”, su hija de nueve años, se quedó a pasar la noche junto a su tía Nora quien resguarda una parte de la recuperación en la ruca que erigió con sus propias manos.

La “recu”, como llaman Gricel y Nora a ese terreno, está a media hora caminando y en medio de se debe cruzar en bote el río Renaico. El fundo Raquilco está rodeado de bosque nativo. Una vez allí, en la ribera norte, se ve y se siente el pulmón verde.

Dice que la ocupación –que comenzó el 2017- se hizo en la tierra que habitaban sus ascendientes y de la que fue despojada su bisabuela. Desde entonces su familia se vio obligada a reubicarse en la ribera sur del río, entre cerros que nos son aptos para el cultivo y donde las familias quedaron viviendo en menos de cincuenta metros cuadrados. Empobrecidos.

-Mire esa tierra roja, sirve para puro hacer ladrillos-, se lamenta Gricel mientras apunta el dedo índice en dirección al patio de su casa.

En el 2019 la ocupación avanzó hasta el predio de la Forestal Mininco. Ese fue el momento en que la represión se agravó.

Afuera de la casa de madera se siente el cacareo de las gallinas y el graznido de patos y gansos que crían entre otros animales. Adentro –en el comedor donde se da la entrevista- Gricel posa su tasa sobre un mantel floreado y  revuelve el té mientras recuerda que el diez de septiembre se cumplirá un año del allanamiento que terminó con la agresión a su familia. Todo quedó registrado en un video que dio vuelta las redes sociales. Días después, su hijo fue torturado por Carabineros en una marcha por la infancia mapuche en el centro de Temuco.

Hoy las hermanas Ñancul acusan persecución de la Policía de investigaciones (PDI), quienes además aparecen como fuente en dos artículos de la prensa donde la vincularon a ella y a su hermana con Ernesto Llaitul (hijo de Héctor Llaitul y líder la Coordinadora Arauco Malleco CAM).

-Nosotras no lo conocemos, nos quieren ligar a ellos y no lo vamos a permitir. Vimos a Héctor en eluwün (funeral) del weichafe Pablo Marchant, así como fueron todas las otras comunidades-, comenta.

Pero la historia de violencia de la que han sido víctimas ambas hermanas comenzó hace mucho tiempo.

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La tarde del diez de septiembre del año pasado, Gricel escuchó el ruido de gente que correteaba en su terreno. Había sido un día especialmente tranquilo, con una sobremesa extensa con las mujeres de la familia. Luego, junto a Nora, acompañaron a su tía Leticia a la salida del predio, ya que por su edad le cuesta ponerse de pie.  Faltaban poco para la una y media de la tarde. Un llamado de su cuñada las alertó, varios uniformados recorrían el lugar y el huerto de arándanos que queda en la parte más baja de la parcela.

Las mujeres avistaron a un equipo de la PDI sobre los cultivos. Nora les pidió que salieran. De ahí en adelante, los recuerdos se vuelven borrosos. Le dijeron que buscaban a su hermano. Después vino el forcejeo, la cara de Nora contra una posa de agua y dos policías sobre ella.

-Me cuesta respirar-, grito varias veces.

“C”, quien entonces tenía 14 años, trata de defenderlas. Es el mayor de los niños, el único hombre en ese momento en la comunidad. “F”; la hija de Nora que tiene 12 años, cree que van a matar a su mamá. La defiende con manotazos. Un policía hace el gesto de pegarle.

A “C” lo golpean en la cabeza con la culata de una pistola. Ya ha vivido experiencias similares, pero esta vez  es distinto. Cuando la policía se lleva a su mamá, lo tienden de espaldas en una carreta, la sangre corre profusa por su nariz. Insiste en que se está ahogando.

Aunque Gricel fue liberada horas después, su hermana permaneció detenida durante toda la noche atada de pies y manos.  El adolescente fue golpeado tres días después en  el centro de Temuco en una marcha por la infancia mapuche. La foto de un efectivo de Fuerzas Especiales, mientras sostiene a “C” de los hombros, apareció en todas las redes sociales. En el video se cuentan más de siete carabineros para contener al niño.  En la imagen se ve como “C” entrecierra los ojos de dolor y parece que hiciera una genuflexión ante el carabinero que lo sostiene. Su cuerpo delgado fue casi lanzado a un perro callejero, que lo muerde en la pantorrilla.

-Aún queda algo de trauma-, dice “C” cuando recuerda ese día mientras come un chocolate en el patio de su casa. Sabe de codornices, de “leones del sur”, de gallinas “colloncas”, pero también sabe de violencia.

Piernas largas, cuerpo enjuto, “C” es mucho más un niño que adolescente.

Tal y cómo crecen en el Wallmapu, “C” cuida de su hermana pequeña en todo momento.  También, como todos los jóvenes de su edad, le gusta pasar tiempo en el celular, pero a diferencia de ellos, ha visto a su familia atacada y herida con perdigones, y a sus primos sufrir lo mismo que él: pesadillas, irritabilidad, el odio a Carabineros. Es decir, los efectos cronificados de tanta violencia.

Onésima Lienqueo, de la Red por la Infancia Mapuche, conoce de cerca el caso como un ejemplo más de la infancia vulnerada en medio de la violencia estatal en la zona. Dice que ese es el efecto de la persecución a los padres, en este caso, de las hermanas Gricel y Nora Ñancul.  La activista explica que más que comuneras, ellas son defensoras de la tierra y que incluso han sido reconocidas por su labor por organismos internacionales.

-Afuera les han dado una real importancia al trabajo de las lagmienes y a la defensa que ellas están llevando adelante en conjunto con sus familias. Ellas están defendiendo el Río Renaico y están defendiendo el bosque nativo. La situación para defensoras ambientales es muy compleja para Chile y para Latinoamérica, sobre todo cuando se ven enfrentadas a grandes empresas extractivistas en la región de la Araucanía que tienen tanto el poder económico como político para criminalizar el trabajo de nuestras lagmienes-, explica.

Confirma que, tras la muerte de Pablo Marchant el nueve de julio en el fundo Santa Ana de Forestal Mininco, las “hermanas Ñancul” (cinco días después) fueron vinculadas por medios de comunicación tradicionales como parte de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM).

-Hay que diferenciar que las lagmienes son defensoras de derechos humanos y defensoras de los derechos de la tierra, reconocidas como tal y que han vivido desde hace mucho tiempo procesos graves de criminalización y hechos de violencia graves, de los cuales también han sido víctimas sus hijos. Es algo muy parecido a lo que trataron de hacer con la Operación Huracán, que fue juntar distintos tipos de liderazgos para después armar una acusación-, concluye.

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Gricel  y Nora son hijas de un winka criado como mapuche y una mamá que las acercó a la cosmovisión de su pueblo. Vivieron en la comunidad Miguel Huentelén hasta que ella cumplió 17 años y su hermana 19. En ese momento la familia se asentó en Santiago y ambas trabajaron como asesoras del hogar.

Para las hermanas vivir en la capital era morir en vida.

Fue en ese momento en que decidieron volver al sur.  La tierra que recuperaron es el disparador de tanta violencia. Gricel menciona a Oscar Arriagada Domínguez, el terrateniente que arrendaba el fundo a la familia Veloso. Donde luego en la extensión de esa reivindicación se toparon con la Forestal Mininco.

Al profundizar en esta historia también hablan del hermano de Óscar: Samuel Arriagada Domínguez, otro terrateniente de la zona, famoso por ser parte de Patria Libertad.

-Junto al movimiento de ultraderecha actuaron disfrazados con ropas de guerra decididos a exterminar a quienes defendieron los derechos de los explotados. También ejercieron tareas paramilitares contra comuneros mapuche-, dice Gricel.

Así lo confirman algunos reportajes sobre la violaciones a los Derechos Humanos en la zona.

En medio de la conversación insiste que su preocupación son esos dos artículos que las relacionan con la Coordinadora Arauco Malleco y que todo ha pasado en medio de una querella en contra de los policías que atacaron a su familia. Los funcionarios de la PDI  ya estarían reconocidos.

Gricel muestra en su teléfono el artículo que la inquieta.

-Jamás me llamaron por teléfono del diario La Tercera para corroborar esa información que salió el 14 de julio. Y hace dos semanas la Forestal Mininco amenazó con desalojarnos (…) Nosotras como las hermanas Ñancul desmentimos el artículo que luego recogió la radio Bío Bío, nunca hemos tenido vínculos con el lagmien Ernesto Llaitul, ni con la Coordinadora Arauco Malleco (CAM). Solo estamos reclamando nuestros derechos ancestrales-, comenta.

Gricel dice que habla por ella y su hermana Nora.

-Nosotras no tenemos vínculos con ellos, la primera vez que vimos a Ernesto fue en el eluwún, a la que asistieron todas las comunidades de Malleco-, repite.

El abogado de Cidsur, Sebastián Saavedra, confirma que ambas hermanas se sorprendieron de la vinculación que hizo la prensa con el hijo de Héctor Llaitul, saben el peligro que esto implica en el cotidiano. A las comuneras también les preocupa su relación con los otros “lagmienes”.

-Gricel y su hermana Nora manifiestan que nunca han pertenecido a esta organización y esto da muestras evidentes de la persecución que sufren ellas, donde la información aparece en un diario claramente vinculado a intereses empresariales citando como fuente oficial a la Policía de Investigaciones (PDI) quienes son los apuntados por una querella criminal por las torturas que sufrieron Gricel y Nora, así también sus hijos. Más parece un escarmiento por parte de la PDI hacia ellas, ambas harán todo lo que se debe hacer para que esta situación termine-, explica.

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Nora tiene el pelo azabache y liso, los ojos tristes, semblante que también se puede reconocer en Gricel. A sus 45 años varias heridas hablan de las consecuencias de vivir en una recuperación. La cicatriz más extensa está ubicada en su seno derecho, marca que le quedó tras sobrevivir al ataque con motosierra por parte de un trabajador de Mininco. Otras heridas son perdigones, en ambas pantorrillas.

El 23 de Mayo del 2015, junto a un grupo de vecinos de la comunidad llegaron hasta el Fundo San José Oriente, ubicado al norte del río Renaico, frente al cerro Pilguén. También fueron ancianos y niños. Querían impedir que siguieran las faenas nocturnas de astilladoras, camiones y grúas de la Forestal Mininco. Minutos después apareció Carabineros y la Policía de Investigaciones. Además de ellos, había aproximadamente cinco trabajadores de la forestal.

Esperaron un par de horas la llegada del jefe de área en la obra, hasta que decidieron volver a la comunidad. Las patrullas y efectivos de Fuerzas Especiales les cerraron el paso a las mujeres, niños y adultos mapuche. Siguió el gas lacrimógeno.

El werkén Ismael Navarrete fue reducido e inmovilizado por la policía y se lo llevaron detenido. Todos huyeron, también Nora. Ella fue impactada con siete perdigones metálicos en ambas piernas. También fue arrastrada por el ripio hasta que le rasgaron la piel de la espalda y le propinaron golpes de pies y puños.

Estuvo hospitalizada diez días. Otra de las comuneras tenía 24 semanas de embarazo (seis meses) y fue detenida con golpes, tirones de pelo, estrangulamiento e insultos racistas.

Ese episodio quedó estampado en una querella de Cidsur en contra de Carabineros por el delito de lesiones y lesiones graves.

A esos dolores de Nora, se suma la pérdida de su hijo Maximiliano el día 1 de abril del año pasado. Tenía 17 años y padecía de leucemia. En la toma del predio -en medio del bosque nativo- instalaron un chemamull en su honor. “Maxi”, fue testigo de todas las batallas de Nora y Gricel, y también creció de golpe como su primo pequeño.

En sus ratos libres “C” alimenta los animales y absorbe los conocimientos que le entrega la vida en su comunidad. También debe asistir a clases online, pero la falta de señal en medio del campo lo obliga a buscar en distintos rincones para conectarse.

Gricel sabe que su hijo está creciendo y lo ve afectado en medio de tanta violencia. Tiene la certeza de que ese día del allanamiento de la PDI, algo se rompió en él.

-A mi hijo es como si me lo hubiesen cambiado, la sicóloga piensa que debe estar con sus amigos y yo le pregunto “¿qué cuáles?”, que antes tenía, pero ahora la gente se ha alejado de nuestra familia. A veces todo le da rabia, parece otro niño-, dice antes de terminar la entrevista.

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Escrito por

Periodista feminista. Autora de “Abandonados: Vida y muerte al interior del Sename”

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