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“¡Hay que quemarlos!”: La historia del werkén torturado por militares

Diez funcionarios del Ejército fueron formalizados en mayo por el hecho ocurrido el 13 de octubre del año pasado. Carlos Hueiquillán, werkén del Lof Txen Txen Mawida de Victoria,  habla acá sobre el horror de esa noche, cuando una patrulla de soldados lo trasladó- junto a cuatro amigos- a un lugar baldío. Allí fueron víctimas de un simulacro de fusilamiento y rociados por un líquido indeterminado tras la amenaza de ser quemados. El comunero además es víctima de trauma ocular y tío de Maicol Palacios, único testigo del asesinato de Camilo Catrillanca. 

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Carlos Hueiquillán tiene 36 años y dos encarcelamientos por cargos de los que luego fue absuelto. También es víctima de trauma ocular en su ojo derecho, después que un carabinero le disparara cuando iba rumbo a su casa. Desde hace dos años es werkén de la comunidad Lof Txen Txen Mawida en la comuna de Victoria, y reconoce que lleva mucho más tiempo apoyando reivindicaciones territoriales, en particular en la comunidad Huañaco Millao-Butaco, donde vivió anteriormente.

Primero habla de su familia, de ese linaje que recuerda con nostalgia y parte con su abuelo Francisco y su padre, quien también se llamaba Carlos y fue “Ñancan” (ayudante) del Machi Francisco Purrán -Un machi muy conocido-, dirá más tarde.

Vivió en una “reducción”, o lo que les quedó de tierra tras el golpe de Estado y la contra Reforma Agraria. No olvida tampoco cuando recuperaron ese terreno, cuando “hicieron justicia por su abuelo”, dice él.

-Hoy en la comunidad en resistencia quieren vivir 50 familias en 600 hectáreas. El terreno está ubicado en Inspector Fernández entre Victoria y Pailahueque, a orillas de la Ruta Cinco hacia la cordillera-, explica el werkén.

Carlos lleva el pelo largo, tiene las facciones duras y una mancha de vitíligo en el lado derecho del rostro. La mayoría de la gente de su comunidad y sus amigos saben que es una persona sociable y extrovertida, característica que marcan su liderazgo en la zona. Un werkén es vocero, el consejero de la comunidad, y él sabe que esa trayectoria se ha convertido -en medio de la militarización de la zona- en algo que lleva a cuestas. Lo describe como una “persecución”.

Carlos Hueiquillán junto a sus hijos

El día en que perdió la visión del ojo derecho, fue el 26 de enero del 2018. Iba de regreso a su casa por el camino de la comunidad Chamichaco (Ercilla). Eran casi las nueve de la noche cuando vio una patrulla de Carabineros. No quiso toparse con ellos y se alejó unos metros por un sitio baldío. Se encontró con uno de los uniformados de frente, quien comenzó a preguntarle qué hacía en ese lugar. Carlos se enojó por la intimidación, era el trayecto que hacía de siempre.

-Le dije que solo iba camino a mi casa que estaban acostumbrados a intimidarnos, que no estaba haciendo nada malo, él estaba a pocos metros de mí, me disparo una vez y me rozó la frente, el segundo fue en el ojo-, recuerda hoy.

Carlos quedó solo a un costado del camino, mientras la sangre corría profusa por el rostro. Nadie lo auxilió. Cubrió la herida con un gorro de lana, tomó un bus y llegó hasta el Hospital de Collipulli. Lo que sigue después es una internación en el Hospital Salvador de Santiago, aun cuando él y su pareja Cindy Navarrete no conocían a nadie en la ciudad. Siguió también la noticia de que había perdido el 90% de la visión. Él cree que esa es una marca que lo expone a la represión. Que es fácil identificarlo.

Carlos también es tío de Maicol Palacios, el único testigo del asesinato de Camilo Catrillanca. El werkén es primo hermano de Jorge Palacios, padre del joven. Ambos fueron criados como hermanos. Jorge aún está preso en la cárcel de Angol acusado por la quema de un camión y el robo de una camioneta y denunció abuso de la prisión preventiva y falta de pruebas.

Para Carlos lo peor vendría dos años después, cuando el 13 de octubre del 2020 fue torturado por una patrulla militar.

***

La noche que el werkén  llama “la pesadilla” comenzó en el sector de “Los Pinos” (como le dice la gente de la zona) un lugar a la orilla de la ciudad de Collipulli, fuera del radio urbano. Llegó hasta allí después de haber visitado a los hijos de su anterior matrimonio, y reunirse con cuatro amigos a los que ve cada tanto (Arón, Sebastián, Camila y otra joven llamada igual). Carlos solo hablará de ellos con sus nombres de pila para resguardar su identidad.

El werkén es un hombre alegre y despierta la admiración de la mayoría de la gente que lo conoce. En el lugar tomaron unas cervezas y todas las declaraciones concuerdan en que el frío les hizo anticipar la despedida. Eran pasadas las doce de la noche. El toque de queda comenzaba a las diez.

Cuando estaban subiendo a los autos, un camión se acercó. Los alumbró de frente, encandilando al primer vehículo. Del camión bajaron diez militares. Golpearon los vidrios, tiraron  al suelo a Carlos y a las dos mujeres y dos hombres que lo acompañaban. Cuando revisaron los vehículos, vieron una manta y un trarilonko del werkén. Ahí vino lo peor.

-¡Todos al suelo!-, eran los gritos al unísono.

Quedaron boca abajo, mientras a los hombres les pisaban las espaldas.

¡Este huevón es peñi!-, dijo uno de los militares y esa declaración hizo que Carlos recibiera la mayoría de los golpes de pies y puños.

-¡El chascón me tiene caliente!-, dijo otro.

-¿Y qué vamos a hacer con estos huevones?-, preguntó un tercer militar.

-¡Echémoslo al camión!-, respondió otro. Carlos dedujo que era el de mayor autoridad. Antes les pusieron esposas plásticas y rasgaron con cuchillos los neumáticos de los tres autos .

El viaje hasta las inmediaciones de la Forestal Arauco duró veinte minutos. O pudo ser menos. En los recuerdos de Carlos solo está la desesperación de sus amigos y la confusión de todos. A él lo habían golpeado muchas veces, pero esta vez era distinto; sus amigos “winkas” nunca habían experimentado tanta violencia. El werkén solo hacía gestos de que estuvieran calmados. Una de las jóvenes se preguntó si los militares no habrían consumido algo. En sus testimonios dejan claro que la violencia fue extrema.

Los bajaron en un bosque. Arrodillados, de espaldas al grupo de militares, Carlos vio las caras de sus mellizos y de Cindy. Su rostro miraba fijo al suelo, mientras esperaba que sus amigos siguieran las órdenes de los soldados, pensó que ojalá no fueran dejar escapar una mala palabra, que no hicieran ningún movimiento en falso. En ese momento sintieron el ruido metálico del gatillo.

-¡Apunten!-, escucharon.

Los soldados pasaron bala. Carlos pensó que al menos iba a morir de manera rápida: Un disparo en la nuca, o una ráfaga de balas en su espalda. Ahí en la oscuridad más profunda sintió que era el fin.

Escuchó el llanto ahogado de las mujeres y las arcadas de Arón. Los iban a fusilar. Cerró los ojos y esperó. Nada. No les dispararon. Sintió alivio. Los militares se burlaron de ellos.

“¿Cómo no hay un solo soldado que pare este horror?”, se preguntó en medio de muchos pensamientos que se le cruzaban a un ritmo frenético.

-¡Hay que quemarlos!-, dijo otro de los soldados y el resto de la patrulla se movió rápido. Escuchó los pasos apurados sobre la tierra y la hierba. Los rociaron a todos con un bidón con un líquido que no alcanzaron a distinguir. Les empaparon los cuerpos. Carlos sintió frío y pensó en Rodrigo Rojas de Negri. De nuevo cerró los ojos en medio de los gritos que escuchaba como murmullos lejanos. Sintió varios golpes secos y una patada en la espalda le hizo crujir los huesos. Cayó de boca al suelo.

-¡Al que se mueva lo mato!-, dijo otro de los militares. Luego les cortaron las esposas plásticas con un cuchillo.

Sintieron al camión alejarse. Debe haber pasado un minuto entero o dos en los recuerdos de Carlos. Se levantaron y uno de sus amigos vomitó entre los arbustos. No olían a bencina. Quizás era otro líquido acelerante, pensaron. Estaban desorientados y nauseabundos. Las mujeres se abrazaron mientras lloraban desconsoladas.

Al menos estaban vivos.

-Mis amigos no saben de estas cosas, yo sí, era el único comunero-, se recrimina Carlos.

 ***

Ocho meses después de ese hecho, al otro la línea, el abogado Sebastián Saavedra de Centro de Investigación Sur (Cidsur) dice que los antecedentes del caso son bastantes claros respecto de quienes participaron en la golpiza y tortura. Los nombres de los diez uniformados del regimiento de Victoria formalizados son: Teniente Javier Santander Castillón; Cabo Primero Sergio Sepúlveda; Cabo Segundo Eduardo Guzmán; Cabo Segundo Matías Vallejos; Soldado Alan Torres (Formalizado recién el 29 de junio); Soldado Carlos Montesinos; Soldado Rodrigo Lepín; Soldado Juan Sandoval; Soldado Danilo Villagra; Soldado Hermes Parra (todos soldados contratados por el Ejército, es decir no eran conscriptos).

La investigación del Fiscal Nelson Moreno, de la Unidad de Derechos Humanos de la Araucanía, corroboró que un solo camión militar fue el que fiscalizó el control del toque de queda. Las declaraciones de las otras cuatro víctimas concuerdan con las lesiones sufridas por el werkén. También quedó claro que Carlos fue torturado por ser mapuche y golpeado más que el resto del grupo justamente por lo mismo.

-Ellos fueron trasladados hasta un sitio eriazo, fueron abandonados a su suerte en el lugar y esas acciones se encuentran confirmadas con antecedentes, están fotografiadas las llantas de los vehículos pinchadas con elemento cortante, presumiblemente los cuchillos que llevan los militares. Se ubicaron huellas de las ruedas del camión militar en el lugar que ellos dicen que fueron dejados y torturados, también así las esposas plásticas, se hicieron comparaciones con el camión y las huellas y están las declaraciones de los comandantes del regimiento de Victoria que son bastantes claras al confirmar que fue solo un camión el que patrulló esa noche y estaba a cargo del teniente Santander-, explica Saavedra.

En la investigación los soldados desconocieron los hechos y dijeron que se encontraban efectuando un control cerca de las Municipalidad de Collipulli, pero la grabación de veinte cámaras de los sectores aledaños al camino demuestran lo contrario. Principalmente una cámara ubicada en una casa particular donde se ve pasar el camión militar justamente donde las víctimas dicen que estaban cerca de la una de la mañana.

Tras la formalización de los diez militares se dio un plazo de tres meses para la investigación. Recién el próximo año podría realizarse el juicio oral. Todos están con prisión preventiva en recintos militares correspondientes a sus ciudades de origen, ya que cumplían un servicio en la región como Patrulla de Brigada de Operaciones Especiales de Ejército, agregados al Regimiento de Victoria.

El abogado profundiza sobre cómo este caso le parece una “remembranza de la dictadura”. Además confirma que no es un hecho aislado en La Araucanía. Explica que en la experiencia de Cidsur, los  tratos denigrantes y torturas se mantienen como una práctica constante, con altos y bajos a lo largo del tiempo. Generalmente se ve una aumento de casos cuando se sobreexplota el discurso sobre terrorismo en la Araucanía. Así también se ha visto reflejado en las muertes: en los ciclos de Invocación de la Ley Antiterrorista que se inicia el 2001 y el 2002, muere Alex Lemún; después en un segundo ciclo el 2008-2009 es asesinado Matías Catrileo y Mendoza Collío; luego vino la aparición del Comando Jungla y ocurre el asesinato de Camilo Catrillanca, con denuncias de tortura a Maicol Palacios.

-Como Cidsur tenemos otra querella presentada acá en Temuco de dos jóvenes que también fueron detenidos por militares durante los primero días de la revuelta en octubre del 2019 y fueron llevados atrás del Cementerio General de Temuco, fueron puestos de espalda y amenazados de ser fusilados. Llama la atención que se repita un cierto patrón de parte del Ejército en cuanto a prácticas que pensamos ya estaban abandonadas por parte de funcionarios militares, lo que es preocupante considerando que ocurrieron en un Estado de Excepción Constitucional-, explica Saavedra.

Hoy faltan las últimas pericias sicológicas que se llevan a cabo según el Protocolo de Estambul. Este es una guía con criterios orientadores para las entrevistas con las víctimas. Este manual contiene las líneas básicas con estándares internacionales en derechos humanos para la valoración médica y psicológica de una persona que se presuma o haya sido víctima de tortura (o tratos crueles, inhumanos o degradantes).

¿Cuáles son las secuelas de la tortura?

Según las definiciones más simples en psicología, los síntomas pueden ser depresión, dificultad para concentrase y “flashbacks” o recuerdos de la tortura que aparecen de forma intrusiva.

Carlos, cada tanto, tiene imágenes de esa noche.

Después llegó a su casa dice que vio pasar “vehículos militares” al menos tres veces durante esa madrugada.Hoy lo que más lamenta es que sus hijos pequeños lo vieron cuando llegó y se dieron cuenta de su estado.

-Si la violencia no tiene que ver con las tierras ¿Quién quiere amedrentar a la gente del Lof Txen Txen Mawida?-, se pregunta el werkén.

Varios comuneros reconocen que son amedrentados por trabajadores agrícolas donde se ha denunciado una fuerte presencia de guardias de las forestales y civiles que los graban y los persiguen. También han ocurrido otros hechos de represión. El seis de enero intentaron desalojar a la comunidad y llegó un enorme contingente con una veintena de carros policiales. Así lo registraron varias fotografías que subieron al Facebook del lof. En el lugar solo había cerca de quince adultos, el resto eran solo niños y niñas. A Cindy le rociaron gas pimienta directo al rostro y quedó con lesiones varios días.

El 11 de julio Carlos participó en otra recuperación de territorio. Fue en inspector Fernández, en el fundo Santa Catalina, donde una constructora ocupa un territorio de 280 hectáreas. Al al día siguiente asistió al eluwün (funeral) del joven integrante de la CAM, Pablo Marchant. Fue como representante de su comunidad.

Estos últimos acontecimientos lo han hecho pensar en la fragilidad de todo, también piensa en sus hijos. Sabe que puede morir en una recuperación territorial, ser asesinado en lo que ellos definen “acciones de resistencia”. Sabe que el peligro está justamente en hacerse inmune a la represión y al dolor.

-Creo que uno no queda como antes después de algo así, porque a la familia le afecta el hecho de saber lo que hacen los militares, lo que te hace Carabineros. Nuestra comunidad lleva un tiempo de reivindicación territorial  y en control territorial. Por ejemplo ahora tenemos una fuerte disputa con la Forestal Cambium, hay represión y está en peligro nuestra vida, pero no tengo miedo, somos un pueblo que nació guerreando-, dice al terminar la entrevista.

*La Otra diaria se comunicó con el Ejército para preguntar si se había realizado un sumario a los militares implicados en este hecho. Desde el departamento de comunicaciones respondieron lo siguiente: “En el caso, los funcionarios se encuentran formalizados y cumpliendo las medidas cautelares dictadas por el tribunal, mientras se desarrolla la investigación. El Ejército ha colaborado plenamente con el Ministerio Público, entregando todos los antecedentes solicitados y lo seguirá haciendo a la espera de que los tribunales determinen si es efectivo o no que los formalizados son responsables del delito invocado”.
Además, agregaron que: “El Ejército no ampara ni amparará actuaciones incorrectas de su personal, que hayan sido determinadas por los tribunales de justicia, así como respeta el derecho a defensa y el principio de inocencia de todo ciudadano”. No mencionaron la realización de un sumario investigativo o interno en contra de estos funcionarios, pese a ser consultados en dos ocasiones sobre el tema.
*Desde el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) también confirmaron a este medio que no hay sumarios internos por lo ocurrido dentro de la institución.
*Fuentes cercanas a la investigación relatan que el Ejército ha sido “displicente” respecto del caso.
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Escrito por

Periodista feminista. Autora de “Abandonados: Vida y muerte al interior del Sename”

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